Cuando es de día, mi peor enemigo está a mi alrededor, siguiéndome a todas partes, siempre ahí observándome, tocándome. Por las noches, mi peor enemigo lo ocupa todo, incluso el aire que respiro, las sábanas de mi cama, las paredes de la habitación. Todo.
Cada vez que me miro al espejo, mi peor enemigo me devuelve la mirada. Es un rostro cansado, serio, demacrado, terrorífico. Por eso me da tanto miedo mirarle y que me mire. A veces me pregunto qué es lo que verá cuando me observa tan serio en el espejo.
Los peores momentos son cuando se mete dentro de mí. Ya no ocupa el exterior, sólo está en mi cabeza, mis piernas, mis brazos, mi tripa. Entonces es cuando decido defenderme, echarle de mi cuerpo, echarle de mi vida para siempre. Pero nunca se cómo hacerlo. He intentado muchas cosas y la única que funciona, aunque sea temporalmente es hacerme daño a mí misma porque también se lo hago a él. Le hago sufrir del dolor y por unas horas o por unos días mi peor enemigo desaparece.
Lo único que quiero es que se vaya para siempre, que me deje de una vez tranquila.
Lo he estado pensando y creo que ya se cómo hacerlo.
Adiós a todos, adiós mamá, adiós papá. Si vuelve mi peor enemigo decidle que yo ya me he ido.
-A.
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