jueves, 27 de febrero de 2014

Algún día.

Algún día os hablaré de los aviones de papel que hacen que el tiempo vuele, 
esos tickets de momentos únicos sometidos a papiroflexia 
para crear recuerdos tallados en madera.
Del día en el que vi romperse al mito de vencer a la tercera
cuando las ganas se vencieron mutuamente a la cuarta.
De los dieciocho, perdón, dieciséis mil motivos 
que se pueden llegar a tener para arriesgarse, 
sabiendo que valdrá la pena hacerlo.
De los pijamas compartidos, la falta de ropa sin vergüenza alguna, 
el doble fondo de armario, o el olor de una colonia en una simple sudadera 
que puede llegar a alegrarte un día entero.
De los bares con sus escaleras, de las fincas con sus estrellas, 
de los sofás cama, de los cinturones sin desabrochar,
de las casas ajenas con sus baños, de las noches en vela.
De los portátiles apagados sin avisar de madrugada, las sábanas enredadas 
entre las que se encuentran siluetas, o las mantas
que parece que vienen siempre con sofá incluido.
De los corchos con más recuerdos que chinchetas, de las cajas secretas,
del momento en el que dejé de atender a los finales de las películas,
y a sus principios.
De los recuerdos que dejan marcas, de las marcas que traen recuerdos,
de las historias que se van escribiendo poco a poco
con canciones, fotografías y vídeos como tinta.
Algún día os hablaré de nuestros 'algún día',
del día en el que ella me dijo 'algún día serás mía'
y, bueno, el resto es algo nuestro.

domingo, 9 de febrero de 2014

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¿Quién ha dicho que la soledad no es buena?
2:23 de la madrugada. Y sí, yo debería estar más que durmiendo, pero.
Así que, después de haber estado alrededor de una hora -sin exagerar- dando vueltas por la cama, con los ojos como platos, y contando más de mil quinientas trece ovejas, me he dispuesto a escribir, a ver si tal. Y eso, que aquí estoy.
Después de unas cuantas meditaciones filosóficas he llegado a la conclusión de que a veces un poco de soledad no sienta nada mal -y cuando digo a veces digo siempre que respire, que así mejor-, porque encontrarte a ti mismo puede llegar a ser mucho más satisfactorio -me han dicho- que encontrar  amores fugaces de estos que se te escapan entre los dedos y se quedan en el olvido. Aunque bueno, si os digo la verdad, nunca me he encontrado, ni mucho menos. Pero ese no es el caso. Total, que pensando y pensando se me ha empezado a pasar el tiempo -la maldita hora de la que os he hablado- y menos mal que no estaba compartiendo ese tiempo con nadie, porque habría sido una gran pérdida. Pues, en realidad no sé muy bien lo que quiero decir, o sí. El caso, estar solo está bien, te hace darte cuenta de quién eres, o al menos de quién no eres, te para un poco de tanta rutina y tanto caos, o quizá te desordena un poco más ese caos (si es que aún se puede) pero, al fin y al cabo, te desordenas y pierdes tu tiempo tú mismo, tú solo y por ti, y eso es algo que no le afecta a nadie más, cosa positiva.
No compartas tu vida en exceso con alguien, porque eso implica compartir tanto virtudes como defectos, y sobre todo, el tiempo y el caos: el tiempo es algo que nunca vuelve, y el caos es algo que, en fin, nunca se ordena -al menos mi caos lleva dieciocho años ahí dando por saco y nada, que no hay manera-. Ya sabéis, a quien madruga, Dios está de vacaciones.