viernes, 29 de marzo de 2013

''Bum.''

Explotar, después de haberte comido todas esas palabras, de haberte tragado el orgullo, de haber preferido el silencio a la verdad, de haber sido bueno con el mundo, de haberles hecho caso.
Explotar.
Y que el rojo le mire a sus ojos tranquilos a través de una máscara de falsedad, fijamente, corazón frío en cabeza caliente y con una jodida sonrisa de victoria en la cara le diga: ''Bum''.
Que entonces todo el mundo se vaya derrumbando, poco a poco, pieza a pieza, haber explotado. Y cansada de esas jodidas situaciones en las que los dos lados no se ponen de acuerdo, explotar, en miles de colores que ensucien las paredes de este precioso castillo al que llaman ''realidad'' y joderle el papel que las cubre, destrozarlo. Y que se vean los muros, sin nada que los cubra, que se vea la realidad. Y que se caiga, que se destroce todo lo construido, que se caiga el mundo.
Y que no desparezca nunca esa sonrisa de hijo de puta de su cara.
Sin techo que os cubra, sin paredes que os protejan de todo lo que está pasando ahí fuera, que empiece a llover. Que llueva. Que el azul mar haga que llueva en su mirada de infierno, y en mi mundo. Que se inunde todo a mi alrededor, con el agua al cuello y sin escapatoria. Ya no podéis correr, ya no.
Yo nado, puedo nadar y sacaros de esta. Pero ya estoy harta de tener que salvaros siempre.
Entre miles de escombros y oleadas de agua, que os falte el oxígeno. Que se lo lleve todo ese pequeño cabrón llamado ''valor''. Ya era hora de que apareciera. Y de que desaparecierais.
Estáis muertos, los dos.
Y que sobre mis hombros descanséis, el rojo fuego, el azul cielo, pero que ya no podáis decirme nada, que calléis para siempre, ya no podréis guiarme por ningún camino. Ahora seré yo quien decida, no vosotros. Porque ahora, estáis muertos.

jueves, 14 de marzo de 2013

Me calmo.


Muchas veces odio que llegue la noche, porque con ella llegan mis miedos.
Porque por el día, todo lo apagado que pueda haber en mi, todas las partes oscuras o negras que pueda tener, las ilumina el sol, aún escondiéndose entre las miles de nubes grises que llenan mis ideas, ahí está el sol, haciendo que al menos el más mínimo rallo de su luz llegue a alumbrarme la peor de mis imaginaciones, y haga que desaparezca. El sol, brillante, deslumbrando a cualquier mal pensamiento que pueda tener durante el día. Y me siento a salvo, me siento bien. Porque sé que lo voy a poder ver todo con claridad, y con luz. Que voy a poder ser feliz.
Pero después llega la noche, y ahí no hay nada que hacer. Estoy sola, nadie me puede alumbrar, y no hay sol que me ilumine. Y me apago. Por fuera y por dentro.
Y en el momento en el que me apago, miles de ideas se encienden en mi mente, y empiezan a dar vueltas con todas sus fuerzas, a romperme la cabeza.
‘’Cuando más pensamos, cuando más nos rallamos, es por las noches. Porque nuestro cuerpo está demasiado cansado como para seguir engañándose a sí mismo.’’
Y estas ideas siguen dando por saco, quitándome las fuerzas y haciéndose así más fuertes. Y lo peor es que no puedo hacer absolutamente nada para que paren, para que cesen.
Y cuando ya no puede ir nada peor, cuando ya he acabado conmigo, cuando estoy a punto de explotar, cuando grito en silencio, cuando ya he roto todas mis promesas, cuando ya no me queda nada que perder, cuando la noche ya me ha comido, cuando me ahogo entre lágrimas.
Respiro.
Me calmo.
Me callo.
Apago mi vida.
Y no me vuelvo a encender hasta la mañana siguiente, cuando el sol me alumbre.

miércoles, 6 de marzo de 2013

No dejes que me vaya.

Noche cerrada, me siento en las nubes,
sin mediar palabra sonrío, aquí me tienes.
Garganta quemada, yo me bajo, tú me subes
fijo mi mirada, veo como hacia mi vienes.
No dejes que me vaya.

Me coges deprisa, casi me derrumbo,
rozando el suelo me elevas, me atrapas.
Mi mirada fija ya no tiene rumbo,
estoy viendo el cielo, pero tú me lo tapas.
No dejes que me vaya.

El humo de mi cuerpo no quiere salir,
en medio del campo y me falta el aliento
Pero me siento bien, y creo verte sonreír,
aunque entre tanto mareo a penas te siento.
No dejes que me vaya.

Botellas de cristal como protagonistas,
las luces de colores no cesan de brillar.
Estoy viendo un final, no me tapes las vistas,
mantente quieto, no paras de girar.
No dejes que me vaya.

'No soy yo, estamos aquí quietos,
es tu cabeza que te está mareando.'
Me parece oírte decir eso a lo lejos,
estoy aturdida, no sé qué está pasando.
No dejes que me vaya.

Pero la noche cerrada se cierra del todo,
y las pocas luces que podría haber desaparecen.
Solo hay oscuridad, no veo nada, de ningún modo,
y los ruidos de mi alrededor escucho que decrecen.
No dejes que me vaya.

Entonces diviso tus ojos azules en esa oscuridad,
tu voz diciéndome 'todo irá bien, es pasajero.'
Hasta que al fin me sumerjo en esa profundidad,
y lo último que escucho es un dulce 'Te quiero.'

No dejes que me vaya.







martes, 5 de marzo de 2013

Te respondí.

-¿Qué tal estás? -Me preguntaste.-
Y, en verdad, no supe muy bien qué responderte.
Porque en ese momento, en ese preciso instante, las miles de lágrimas que brotaban de mis ojos cayendo por mis mejillas, como la lluvia que empapaba Madrid aquella tarde de primavera, gris, triste y depresiva, no me dejaban ver con claridad mi teclado, mi pantalla, y tu nombre escrito en ella.
Así que decidí apagar el móvil y sentarme mirando hacia la ventana, con mis piernas entre mis brazos, y empezar a pensar en miles y miles de cosas, miles de palabras que recorrían mi cabeza, miles de ideas que hacían que se complicaran mas mis pensamientos, y que no dejaban de dar vueltas, y ninguna de ellas era buena.
Y cuanto más llovía en la calle, más llovía en mi habitación. Y más me hundía en toda la mierda que me había metido yo misma en la cabeza. Y más te necesitaba a mi lado. Pero no estabas, no podías estar.
Solo quería desaparecer, salir corriendo de ahí, de ese lugar, y marcharme muy muy lejos, donde nunca nadie pudiera encontrarme. Y llevar allí todos esos pensamientos, y enterrarlos, y no volver a verlos nunca más. Pero la realidad no paraba de darme de lleno en la cara, y eso hacía que lloviera más, que sonriera menos. Y ya daba igual lo que hiciera el mundo conmigo, porque por dentro, ya había muerto.
Música a todo volumen en mis cascos, entrando en la noche, ya no quedaban lágrimas, ni mínimas ganas de sonreír, solo, un mensaje leído y miles de preguntas en la cabeza.
-Bien. -Te respondí-