martes, 5 de marzo de 2013

Te respondí.

-¿Qué tal estás? -Me preguntaste.-
Y, en verdad, no supe muy bien qué responderte.
Porque en ese momento, en ese preciso instante, las miles de lágrimas que brotaban de mis ojos cayendo por mis mejillas, como la lluvia que empapaba Madrid aquella tarde de primavera, gris, triste y depresiva, no me dejaban ver con claridad mi teclado, mi pantalla, y tu nombre escrito en ella.
Así que decidí apagar el móvil y sentarme mirando hacia la ventana, con mis piernas entre mis brazos, y empezar a pensar en miles y miles de cosas, miles de palabras que recorrían mi cabeza, miles de ideas que hacían que se complicaran mas mis pensamientos, y que no dejaban de dar vueltas, y ninguna de ellas era buena.
Y cuanto más llovía en la calle, más llovía en mi habitación. Y más me hundía en toda la mierda que me había metido yo misma en la cabeza. Y más te necesitaba a mi lado. Pero no estabas, no podías estar.
Solo quería desaparecer, salir corriendo de ahí, de ese lugar, y marcharme muy muy lejos, donde nunca nadie pudiera encontrarme. Y llevar allí todos esos pensamientos, y enterrarlos, y no volver a verlos nunca más. Pero la realidad no paraba de darme de lleno en la cara, y eso hacía que lloviera más, que sonriera menos. Y ya daba igual lo que hiciera el mundo conmigo, porque por dentro, ya había muerto.
Música a todo volumen en mis cascos, entrando en la noche, ya no quedaban lágrimas, ni mínimas ganas de sonreír, solo, un mensaje leído y miles de preguntas en la cabeza.
-Bien. -Te respondí-

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