domingo, 29 de septiembre de 2013

Y ahí va el cuarto pedazo

Que de piedra me sienta por fuera, ¿Y por dentro? Por dentro de acero.
Y fría, jodidamente fría, para que las pocas lágrimas que pueda llegar a derramar se congelen antes de ser vistas, que no lleguen a resbalar nunca por esa piedra que me hace de fachada, que hace que ya no pueda sentir nada, que sea solo cuerpo y que desaparezca el alma.
Y que mi corazón de acero pueda dejar de latir por alguien o por algo, y sea solamente un pedazo más de mi, y a la vez una carga menos, como empieza a ser mi rutina.
Y que mi cabeza fría como el hielo no se deje llevar nunca por los sentimientos, las sensaciones o los recuerdos, y que a la vez sea totalmente impulsiva. Que se controle a sí misma sin control.
Que mi voz helada no vuelva a temblar o a quebrarse nunca, que sea firme y serena. Que sepa cómo gritar en silencio y susurrar mentiras camufladas entre verdades para hacerlas parecer dulces y piadosas.
Y que por mil golpes que me den no vuelva a llover, ni vuelva a tomar decisiones que me marquen hasta mi propia piel, incluso cada rincón de mi cabeza o cada palabra que salga de mis labios, que no encuentre soluciones en errores ni vuelva a caer en los mismos círculos, que no me derrita nunca con el calor de unos ojos por el hecho de ser de hielo, y que cada canción me sea indiferente y cada número sea una simple cifra.
Que todo sea tan fácil como convertirme simplemente en piedra, hielo y acero.
Y que quiera hacerlo o no quiera, como siempre, tan impulsiva.

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