Qué bien queda tu piel con
mi piel, tus ojos clavados en los míos, tus manos en mi cintura o recorriendo
cada lunar de mi espalda con caricias, despertando escalofríos y durmiendo
miedos.
Y qué bien suena tu voz en
mi oído, diciéndome con susurros que ni quieres irte ni te has ido. Y tu olor
en mi ropa, y tu ropa en mi suelo, y tu silueta en mi cama, y en mi almohada tu
pelo.
Qué bien les quedan
nuestras canciones a nuestros recuerdos, el latir rápido en un momento lento,
y las estrellas por techo o esa sensación en el pecho, porque nos queda todo
por hacer, y que lo mejor aún no está hecho.
Qué bien nos mira ese
futuro lejano, que le va diciendo al presente que sea lento, que ya habrá
tiempo de todo, y que no le haga caso a ese pasado imperfecto, que lo único que
tenemos es el ‘’ahora’’, y que el resto del tiempo está muerto.
Qué bien hablan las
mentiras y qué poco las creemos, que solo me bastan tus labios por mi cuello
para saber que podemos, que en lo que sea vencemos, que seamos un ‘todo’
juntas, y que juntas ante todo estemos.
Qué perfecto es tu sabor,
y el poder probarte por las noches, el poder saborearte por los días y aprovecharte en sueños, que estos son solo
nuestros, que no tienen más dueños.
Qué suerte la de haberte
conocido, haberte tenido y no haberte perdido. Qué suerte la de convertirte en
mi presente y verte en mi futuro, y por encima de lo que diga la gente que
consigamos hacer fácil lo que los demás hacen lo más duro.
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