Ya salieron todas las
nubes, que llenaron el cielo entero cubriéndolo con un manto que se iba
tornando cada vez más y más oscuro hasta convertirse en negro, ya lloraron todo
lo que tenían que llorar hasta inundar entera la Tierra, ya ahogaron todas las
penas en sus tormentas y tempestades, llenas de rayos que rompieron el silencio
y las palabras, que abrieron esas heridas que se creían cerradas hace ya mucho
tiempo, ya llenaron la superficie de niebla haciendo completamente borroso todo
lo que encontraban a su paso, ya alcanzaron esas nubes hasta donde alcanza la vista,
hasta el final de aquella línea infinita a la que llamamos ‘’horizonte’’.
Pero entonces fue cuando,
entre esas miles y miles de nubes deprimentemente oscuras se abrió una brecha,
por la que pudo pasar el sol, que hizo que se evaporase la lluvia, que
desaparecieran todas las nubes, que trajo consigo la esperanza.
Y entonces cesaron las
tormentas, todas y cada una de las heridas abiertas cicatrizaron, dejando
únicamente una cicatriz de el daño que hubo, y el daño que se ha llegado a
curar, y cesó el ruido de las miles de gotas de agua chocando con la tierra
haciendo que llegase el silencio y la calma, se fue la niebla que dificultaba
la visión haciéndolo todo mucho más claro, el cielo azul y los rayos brillantes
del sol lo iluminaban todo.
Y ahí me encontraba yo,
recordando todas esas miles de tormentas junto con sus rayos que me habían
ahogado, y me habían destrozado, mientras miraba mis cicatrices con una sonrisa de victoria en la cara y
ganas de empezar a hacer las cosas bien. Lo malo eran simples recuerdos, lo
bueno estaba empezando, el sol comenzaba a brillar, ese sol que me calentaba
después de aquellos fríos días.
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