miércoles, 20 de junio de 2012

-A.


Abro los ojos. Me encuentro frente a él, sonriéndome, como siempre. Un día cualquiera, un momento cualquiera, en un lugar cualquiera. Noche cerrada, a lo lejos se oye la música de un grupo de amigos, tocando la guitarra, disfrutando del verano, como nosotros.
Le miro a los ojos y me sumerjo en ellos, ojos oscuros, como esta y tantas noches; cálidos, como un abrazo de esos que duran minutos pero te parecen segundos, de los que nunca te quieres soltar, de los que llevas deseando dar tanto tiempo; brillantes, como las estrellas que hacen de techo en este lugar, que iluminan nuestras ganas de estar juntos, de que nunca acabe este momento; seguros, que te hacen sentir en el mejor lugar del mundo, a salvo; preciosos. La brisa del verano es tenue, nos envuelve. Como siempre, el mundo se para a nuestro alrededor, todo va más lento, aprovechando cada momento. Sobran las palabras, muchos sentimientos.
Derrepente, en medio de ese caluroso ambiente, en esa noche que precede un día de sol cegador, aparece una pequeña gota de lluvia de ese cielo despejado, que roza mi rostro, seguida de otra que cae en mi mano. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo y me hace estremecerme. Todo es precioso. Me coge de la mano, y las gotas de lluvia siguen callendo pausadamente. La gente se va, pero la música se queda, en nuestra cabeza, su ritmo guia los latidos de nuestro corazón.
Entre las miradas se cuelan sonrisas tímidas, frases cortas, felicidad. Miro al cielo, las estrellas y la luna son lo único que nos ilumina, lo único que ilumina ese momento tan perfecto. Vuelvo a su mirada, la lluvia cae, pero no nos importa, el momento es nuestro, el Mundo es nuestro.
Una caricia. Un suspiro. Una canción. Un momento. Un beso. Él, nada más.

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