sábado, 3 de agosto de 2013

El cielo, o el infierno, quién sabe

Encerrada en una burbuja en la que toco el techo con la cabeza y cada rincón de esa esfera totalmente cerrada con tan solo estirar los brazos. Noto cómo su tacto suave y húmedo se vuelve de repente duro y frío, de metal.
Y empieza a rodar.
Cuesta abajo, sin rumbo, doy vueltas y vueltas, y veo cómo este metal se va volviendo transparente y cómo a lo lejos aparece un acantilado por el que, como siga con este rumbo, caeré.
Y efectivamente, caigo.
Caigo miles y miles de metros de forma descontrolada, sin frenos.
Pero justo antes de llegar al suelo, esa bola vuelve a convertirse en una burbuja, que explota al contacto con la tierra y hace que casi me mate, que casi muera.
Tres paredes me rodean en un segundo, dos a los lados y una a mis espaldas, y poco a poco veo como de estas dos primeras empiezan a salir unos gigantescos pinchos, y cómo se van juntando cada vez más y más. Solo tengo una opción, una salida. Correr.
Y salgo corriendo entre esas dos paredes que parecen interminables, cuyos miles de pinchos quedan cada vez más cerca de mi piel, y me empiezan rozando mientras huyo a toda velocidad, y acaban rasgándome totalmente. Al fondo hay una salida, una luz tan brillante que, cuanto más me acerco a ella, más me ciega. Pero solo me queda correr hacia ella o morir destrozada por esos pinchos de metal.
Noto cómo las gotas de sangre resbalan por mi piel que no deja de romperse, de rasgarse, no puedo dejar de correr, tengo que llegar al final de este pasillo que me está matando.
Y llego.
Y justo antes de poder ver el final de esas paredes, esa luz me come, y me quema.
No sé dónde estoy, no sé a dónde he llegado, qué lugar es este. Solo sé que es lo suficientemente brillante y precioso como para poder ser el cielo, y a la vez lo suficientemente caliente y agonizante como para poder ser el infierno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario