Hace tiempo me prometí a
mí misma que nunca volvería a llorar por alguien que no lo mereciera.
Y desde entonces, no he
vuelto a llorar por nadie.
Porque si alguien
mereciera mis lágrimas, no me haría llorar, me haría feliz. Mi problema fue que
puse mi felicidad donde debí poner solo una parte de mis alegrías, y así acabé.
Jodidamente rota, triste, perdida, desconfiada, inestable, destrozada, indecisa
y sobre todo, infeliz. Y entonces pensé: ¿Qué cojones hago yo ahora conmigo?
¿Cómo voy a ordenar ahora todo este desorden? ¿Cómo voy a volver a ser feliz si
mi felicidad se ha ido?
Todas las cosas tienen un
principio y un fin, y si por el camino se van desgastando, tienen un fin más
temprano. Lo bonito es efímero, lo especial es único, y nada es eterno por
mucho que quieras que lo sea. No se echa de menos a la persona, sino a lo que
tuvimos con ella, a lo que nos dio esa persona que nos hizo tan felices. Pero eso no lo sabemos, y por eso,
cuando algo se acaba, nos centramos en buscar en vano una persona igual a la
anterior con la esperanza de conseguir la misma felicidad que conseguimos al
principio. El problema está en que, lo que debemos buscar, es una persona que
te de lo que necesitas, que te haga sentir, y sentirte vivo, y que te haga
igual o más feliz que la anterior, sea como sea, sea quien sea.
Primera vez solo hay una, para
todo, y una vez has sentido la felicidad de empezar algo nuevo, algo diferente
o especial, el resto es simple rutina. Eres tú quien debe convertir esa
‘’rutina’’ en una felicidad, en hacer que esa rutina sea, en cierto modo,
diferente, y hacerla especial.
No hay comentarios:
Publicar un comentario