A veces es necesario construir un muro que te separe de todo lo que te rodea, que haga de barrera entre tu cabeza y el resto del mundo, entre lo que sientes o piensas y lo que te hacen sentir o pensar, cuyos ladrillos estén hechos de promesas, y cuyo cemento esté hecho de sueños. Tuyos, solamente tuyos.
Tus promesas, tus sueños, tu barrera, tus ideas, tus pensamientos, tu decisión.
Encerrarte dentro de ese muro de forma que ya no pueda afectarte nada desde fuera, que todo lo malo no pueda pasar esa barrera, haciendo que el interior no sufra, que tus sentimientos ya no sientan, que tu cabeza ya no piense en sentir, que no haya sentimientos, que no quieras sentir, que no sientas. Y que en el caso de que algo se tenga que romper, sea uno de los ladrillos, una de esas promesas, de los sueños, que se rompa toda esa armadura y se quede en ruinas, pero que nunca seas tú mismo. Que se rompa el muro, que se rompa el mundo antes que tú.
Y en el caso de que de verdad quieras sentir por alguien, seas tú quien le deje quitar cada uno de esos ladrillos, que se lleve tus promesas y tus sueños, y estar seguro de que estarán en buenas manos.
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