domingo, 19 de febrero de 2012

Un salto al vacío


Corres, muy rápido, como si te fuese la vida en ello, pues así es. Un camino estrecho, prolongado, bordeado por nubes, blancas como la nieve, brillantes como el sol, suaves como una brisa en un prado verde que hace que las pequeñas hojas del suelo vuelen como plumas, perfección. Estas nubes hacen que te eleves por encima de cualquier cosa y ver desde allí la salida, la única salida. No sabes dónde empezaste, no sabes dónde acabarás, no sabes cómo has llegado hasta allí, no sabes nada, pues todo es pasajero, viene y va.
Dando bocanadas de aire, tus piernas se mueven automática mente, el viento te da en la cara, y te vas acercando a esa luz, esa que divisas a lo lejos, pero que se acerca con rapidez, pues tú te diriges a ella. El brillo es demasiado intenso, cierras los ojos con fuerza y te armas de valor. Das un salto al vacío, sientes ese cosquilleo en el estómago que produce la adrenalina, sabes que estás cayendo, o que estás volando. Aguantas la respiración, estás flotando, como una hoja caída de un árbol, te sientes vivo. De repente dejas de sentir ese hormigueo, todo se ha parado y sólo se oye silencio. Te armas de valor, abres los ojos.
Te encuentras en un lugar bañado de blanco, impoluto, como un manto de nieve que lo cubre todo pero no hay nada más. Te cuesta abrir los ojos debido al resplandor que refleja el suelo, el cielo. Te tapas los ojos con las manos. A lo lejos, en el horizonte, puedes percibir la silueta de alguien que se acerca, lenta y pausadamente. Entonces te das cuenta de que estas en un paraíso perfecto, aunque vacío. Te sientes bien, sin problemas, sin preocupaciones, sin saber nada de nadie, ni tampoco querer saberlo. Sabes que estás en un lugar parecido al cielo, y sabes que ahí vas a estar bien. La figura se aproxima cada vez mas a ti. Consigues ver quién es entre tanta luminosidad. Te frotas los ojos, no puede ser real.
En efecto, es ella. Tan perfecta que deslumbra, con su rostro pétreo, su figura esbelta, sus ojos negros, en los que te sumerges como en un mar de lágrimas, sus ideas claras y sus ganas de amar y ser amada.
Sonríes, no podría ser mejor. Esperas paciente su llegada. Le coges de la mano. Te alejas siguiendo sus pasos. Sabes que vas a ser feliz el resto de tu vida.

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