jueves, 23 de febrero de 2012
Aquella noche
Verano. Noche cerrada. Se escaparon a altas horas de la madrugada, rompiendo las reglas, haciendo lo que se hace en verano, disfrutar de cada momento. Junto con un grupo de gente, hicieron una fogata en un apartado del campo. Todos se sentaron alrededor del fuego para contar historias de miedo, quemar nubes de azúcar o, simplemente, tocar la guitarra y pasar una buena noche.
Él le hizo una seña discreta, se levantaron y se alejaron juntos de la hoguera.
Corriendo hacia una explanada inmensa de césped, el viento les daba en la cara y se oían las risas de los demás a lo lejos. Sonreía, nunca había sido tan feliz. La brisa de la noche inundaba el ambiente de olor salvaje, libre, era algo especial, indescriptible. Cada vez se alejaban más de la multitud. Pararon en un lugar lo bastante alejado como para estar completa mente a solas. Él sonrió de forma tímida y juntos se tumbaron en la explanada, lisa y esponjosa, como una nube. El cielo estaba completa mente despejado, la oscuridad profunda lo llenaba todo, solo se veían las estrellas brillantes y preciosas. Hacía frío, pero era un frío cómodo, una brisa de verano. Suspiraron al unísono, era todo tan perfecto. Al fondo, en grupo de gente, se oía a uno de los chicos tocando una canción lenta, que hacía el momento más especial aún. Él le contó historias sobre las estrellas, mitos. Pasaron unos momentos de silencio contemplando la belleza del momento.
Se incorporaron, ya no se oía nada, solo los latidos del corazón deseando encontrarse con el otro. Él la cogió de la mano, le miró a los ojos, ojos negro intenso, que le miraban sonriente. Le apartó un mechón de pelo, le acarició la mejilla. Cuando sus labios se iban a rozar, cuando iba a ser un día perfecto que nunca olvidaría, cuando todo era demasiado irreal para ser cierto, despertó.
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