jueves, 21 de noviembre de 2013

Vamos directos al decimosexto pedazo

Para reconocer recuerdos tenemos ya camino escrito,
más lluvia que humo, y muchas, muchas hojas de papel,
con todos sus dobleces, como si de aviones se tratase.

Y podría contar cada noche que me he dormido a la luz
de tus ojos, pero prefiero contar las que voy viviendo.

Porque cualquier melodía se queda corta escuchándola
con tu voz en mi oído y tus manos recorriendo
la silueta de mi cuerpo.

Que quiero despertar los rumores que nos hagan eternas,
y dormirme entre tus sueños con sabor a dieciséis otoños
con sus dieciséis inviernos.

Y extinguir a todos esos demonios que te atrapan
siempre que intentamos llegar a la cima,
o eso creemos,
y que me lleven al infierno por ello si hace falta.

Que me conozco cada rincón de tu cuerpo,
cada lunar de tu espalda, y todos y cada uno
de los secretos que tu piel esconde.

E incluso por esa forma tuya de agachar la cabeza tímidamente
y sonreír de medio lado
dejaría mi vida entera a parte y, aún más,
mis verdades con sus mentiras.

Porque no he visto en el mundo miradas más sinceras que las tuyas,
ni textos que griten más que tus silencios,
con todos sus puntos y comas,
sus espacios y sus tempos.

Y porque ni el más fuerte de los sentimientos
puede igualar a lo que me llena el pecho
cada vez que te pienso, (y mira que invierto tiempo en eso.)


Maldita dulzura la tuya que me hace sobrepasar siempre los límites,
perder la cordura y llevarme de cabeza a la locura
con solo rozarte.

Déjame perderme en tus ojos y beber de ellos,
o encontrarme ahí donde los vértices de tus piernas se unen
para dar lugar a un solo cielo.

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