viernes, 13 de abril de 2012

Atrapada en un ataúd a cuatro metros bajo tierra.


Atrapada en un ataúd a cuatro metros bajo tierra.
Abro los ojos, todo es oscuridad. Me inunda una sensación de vacío, soledad, confusión, no sé como he llegado hasta ahí. Hay sangre, o al menos eso noto. Frío. El oxígeno es escaso y el tiempo corre.
Empiezo a dar golpes a las tablas de madera que me oprimen, las paredes acolchadas me empiezan a asfixiar, el peso de la tierra sobre la tapa del ataúd hace que mis intentos de escape sucedan en vano, tengo que salir de ahí, no quiero morir. Grito, pero nadie puede oírme. Agónicamente paro, me calmo lo justo para intentar hacer memoria.
Fue una noche larga. Estaba sola en casa, pero no en la ciudad, sino en una pequeña casa en el campo. Mi familia había salido, y me encontraba en mi habitación únicamente con mi perro. Las hojas de los árboles susurraban canciones tenebrosas, los búhos me alertaban del peligro, el viento gritaba mi nombre. Mi perro me advertía con la mirada, pero yo no le hice caso a nada. Se fue la luz, noche cerrada. Un golpe seco, un estruendo fue lo que desencadeno todo lo demás. Portazos, ruidos, gritos. Muebles caídos, puertas arañadas, siluetas difuminadas dirigiéndose hacia mi. Mi corazón latía a mil por hora, no podía escapar, estaba perdida.
 Lo ultimo que recuerdo fue el tacto de un pañuelo en mi rostro, dejándome sin respiración; la caricia de mi perro, lamentando lo que estaba sucediendo; la perdida del sentido.
Contengo la respiración, sé que ahí fuera no hay más que desierto, que nadie sabe donde estoy, no lo se ni yo misma. Espero a la muerte sin poder hacer nada, me bloqueo.
Miro fijamente al techo de la caja de mi muerte. Una luz blanca aparece en mi campo de visión. La sigo, quiero respuestas. Quiero saber el principio de todo esto, quiero saber el final.

No hay comentarios:

Publicar un comentario